Cortometraje: Soñé estar aquí
Producto Arequipeño. Dirigido por Roger Solis el 2001, inspirado en la tragedia de los terremotos con la coproducción de Gianni Chirinos

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Roger Solis Robles, Lic. en Comunicacion Social en la especialidad de Producción en Medios de la U. Catolica de Santa Maria en Arequipa. Luego de ganar con "Soñé estar aquí" la categoria, de mejor cortometraje del ARFA (Asociación de Realizadores de Ficción de Arequipa) siguió produciendo varios cortometrajes locales. Actualmente trabaja en Inglaterra.
Cualquier comentario a: micorreoesfacil@msn.com.

Cuentos sobre niños: "La curva" y "Teresa entre el reloj y el tiempo"

LA CURVA

La curva es una figura geométrica cuya definición casi nunca pudimos dar en el colegio. Algo así como el pan nuestro de cada día por el que tenemos que luchar para definir.
Obligatoriamente vivimos entre curvas. Eso lo descubrimos Jorge y yo. También, que la vida es una especie de curva que en todo momento trata de sacarnos del camino para llevarnos fuera de nuestro anhelo.
En mi pueblo, una de las curvas más pronunciadas es el hambre. La otra, la que hace la carretera para pasar la quebrada de La Retama. Pero la más grande, inalcanzable a nuestra mano es la que hace diariamente el sol, fijándonos a todos fuertemente contra la tierra para que la noche no nos lleve, para que el viento, para que la muerte pase raspándonos sin desorbitarnos.
Así, entre el día y la noche una curva diaria por la que todos en mi pueblo saltamos de distinta manera para comer, estudiar, divertirnos, pasear y hacer pequeñas cosas indecibles; hasta que logramos morir tempranamente
Los chicos éramos rectas y curvas. Los mayores y viejecitos una serie de curvas que ya se hacían curvas puras. Así, teníamos que Jorge era una semicurva y yo otra, aunque en la escuela, todos éramos como un solo trazo.
Después , cada cual tomó su apellido bajo el brazo y nos repartimos una gran herencia; nuestra vida pueblerina con sus pobrecitas vivencias y con sus recuerdos, y todo bien guardado para que nos durara y alentara cuando lejos, ya lejos quisiéramos volver y no pudiéramos. Esto pasó cuando esa misma vida que nos repartimos ya había avanzado lo suficiente como para alejarnos para siempre de la escuela fiscal “Juan Alvarado” que nos venía tan bien, como un hogar feliz completamente.
Jorge se quedó en el pueblo. Yo también. Además, Anita, Teresa, Rosa, Martha, Lupe y cientos de pequeños nombres que ya estaban graneándose, y que hoy tendrán muchos hijos cada uno.
Yo amo a Teresa, ella quiere que me muera. ¿Lo querrá a cambio de un poco de amor?
Jorge no podía definir la forma de morir y quería morir, para saber cómo era aquello de amar sin ser amado o morir de amor.
Yo quiero a Periquita, ¿querrá ella que me muera? Lo querrá a cambio de un poco de amor?
Pero la curva.
Después, Jorge y yo nos veíamos semanalmente. Los domingos por lo general. Nos encontrábamos en la pampa de San Rosa. Allí es donde comienza la carretera que se va de mi pueblo hacia otros lugares. Caminábamos.
- Buenos días, doña Susana.
- Les de Dios niños.
- ¿Has visto qué vieja se está poniendo doña Susana?.
- Parece que la tierra ya lo reclama.
- ¿Verdad, no?. Por qué habrá que envejecerse?.

La señora pasaba con una curva en su espalda como si sus ochenta años no hubieran pasado por ella, sino más bien se les hubieran amontonado encima
Pero, el amor a Teresa, Rosa, Ada, Martha y Periquita nos daban deseos de algo más que ser niños. También de haber conocido de jóvenes a doña Susana o a otras viejecitas; quizá, de tal forma, hubiéramos sido nuestros propios padres.
Mirando los durazneros del corral de mi abuela, las cañas de don Mariños y las de don Valle, andábamos paso a paso como quien no va ni quiere venir por esa carretera anchurosa de contento y perfume.
Ya en la retama, la gran curva de los carros. Mirábamos el puquio. Está la curva de la carretera por donde se inclinan graciosamente los carros entregando sus costados a los croares de los sapitos y las amarillas flores del retamal.
- Yo quiero a Teresa
- Yo a Etelvina
Sentados pensando en el amor. Queriendo meter pequeñas piedras del camino en la boca abierta de los sapos que croan no sé con qué soledad invernal.
Mirando al fondo una curva inalcanzable. Más acá, casi junto a nosotros la panzaza de la tierra, convexa de amor, dura de grandeza.
- ¿Quién empreñará a la tierra, di?
Jorge y yo.

 

 

Lic. Francisco Orbegozo Hernández, Periodista y docente universitario de la Universidad Nacional de Trujillo. Mención Honrosa de los Juegos Florales Universitarios de 1978. Ganador del Premio Nacional de Reportaje de la Cruz Blanca (1964). Autor de nueve libros de la especialidad de nivel escolar y universitario. Ha escrito los poemarios: Son de verte y no verte, De entretierra; los libros de cuentos: Te escribo una carta Juan y Cuentos que contar. Ex director de Relaciones Públicas del Ministerio de Educación y ex catedrático de las universidades Nacional de San Marcos, San Martín de Porres, Bausate y Mesa de Lima y Carlos E. Uceda Meza de Trujillo.

TERESA ENTRE EL RELOJ Y EL TIEMPO

Mi maestro se agachó estirándose, luego se estiró más, agachándose, pero no alcanzó al primer intento, entonces se estiró con el esfuerzo de todo su brazo, estirándolo, tentando agarrar algo del suelo, sin mirar. Queriendo agarrar la mañana, parecía, pero era que pretendía alcanzar su diario vivir, su sustento y se estiraba agarrando sus herramientas una y otra vez.
Yo no me entrometo en la vida de nadie, menos en la de mi maestro, pero pasa que soy su operario y nada más, es bueno advertirlo para evitar malentendidos, porque sus manos solo me enseñan a componer zapatos; lo demás aprendo un poco de él y otro de la vida, sin que nadie me enseñe.
Quiero, por ejemplo, estas herramientas, el almanaque Bristol del novecientos ocho ahorcado a un clavo herrumbroso de esta pobre pared; quiero al perro chusco que chicotea mis canillas con su rabo sarnoso.
También al maestro que me grita en el mismo sitio donde hago algo malhecho. Al sol que entra por la puerta a entibiar los zapatos tebecianos. Este pedazo de suelo, a la gente del pueblo que ni me conoce, pero que contesta mi saludo.
El maestro piensa que no lo veo estirado. Lo veo de reojo, porque estoy ocupado claveteando un zapato. Martillo en alto, clavito de pico en la suela esperando el golpe mortal. Entre el martillo y el clavo un plazo fugaz; plazo de ayuda al maestro que quiere alcanzar su lezna.
¿Era la lesna?. Mentiría. Al comienzo creí que era la escofina que cayó, después me di cuenta que el maestro creyó que era la lezna. Para él no era la escofina. Para mi no era la lezna. Esto nos mantenía a distancia, como si fuéramos clavo y martillo. Qué tal distancia. Así se sienten los hombres, viven distantes por más cortitas y fugaces que sean sus distancias.
-¿Qué se ha caído muchacho, creo que es la lezna?.
- No maestro, es la chaveta.
Tampoco era la escofina. Y cayó mi martillo sepultando al clavito de “alambrear”. En otras veces ya lo había visto estirarse como gato pero tampoco había alcanzado nada de lo que quería. Su mujer, por ejemplo, que murió tempranamente. Estos imposibles, qué imposibles se hacen, maestro!.
No me decía nada pero le entendía que me pedía “alcánzamelo, tráimelo, préstamelo”. Otras veces yo me estiraba en vano. Entonces: maestro alcánceme, déme, socórrame, présteme.
- ¡Cuándo se acabarán estos zapatos, muchacho!
- Cuando nadie venga: medias suelas, tacos, pachillas maestro.
Pero antes, doña Adela, ña María, mi madrina Juanita, don Manuel, la cholita de la doña Victoria tendrán que dejar de trajinar, luchar por la vida para no acabar zapatos. Teresa tendrá que terminar sus estudios, casarse, tener hijos; y aún así será peor.
-Don Chaíto, mediazuelas y tacos para mi hijo.
- ¿No le dije yo antes, maestro?
Y pese a todo, el tiempo seguirá favorable a los hijos. Doña Marita se va bien temprano al mercado. Asoma antes que el sol lo haga por el jirón Ayacucho. Con sus tacos finos y sus mediazuelas bien puestitas; se va despertando a las baldosas que han dormido abrigadas debajo de los perros flacos y vagos, sin dueño, ni destino.
Teresa, Teresa, pelo negro y lacio que cae en moños por tu espalda acariciando tus curvas intocadas. Quién no quisiera contigo en este pueblo chico para hacerlo de una vez, infierno grande. Calle abajo te vas con tu canasta, pensando en lo que piensas, taconeando rutinariamente hasta el abasto.
El maestro dice:
- Hija de la regatona, al costo me saca las composturas.
- No maestro, siempre gana uste´algo.
- Ni pa´pagarte a tí.
- Pero, del resto saca más que pa´pagarme, no?
Ajusta el tiempo. El maestro jala el tirapié, mete la lezna en la suela, pasa los hilos, jala y ajusta, ajusta el hilo, templándolo fuerte.
- Pásame el cáñamo, hijo.
- Ahí está maestro.
Don Manuel regresa de su oficina de la Circunscripción Provincial, pisando el sol de la vereda…r…ra….rac…RA…RAC…RAC.
- Chaíto?, Muchacho?. Qué dicen los zapatos?
- -Ahí don Manuelito
- Buenos días señor Manuel.
Se va la buena gente del pueblo y sobre sus zapatos sus destinos. Se va a la costa donde estudien sus hijos y le arreglen mejor sus zapatos.
- No se lo harán mejor que nosotros, maestro
Maestro páseme el cerote. Maestro, esto, lo otro. El perro se levanta, bosteza, mueve el rabo, se sacude. Me ensucia el dril. Seguro que son las doce. Ya han de pasar las niñas de la escuela. Esta Teresita con su pelo largo y su cintura finita. Pasará con sus libros al brazo. También con sus zapatos marrones que yo los arreglo con mis manos.
- No maestro?. La Teresita pue´que ya va´pasar.
- Tu sigue noma´ que ella seguirá pasando y hasta cuando las horas te zanjeen la frente y estés en mi lugar.
- No maestro, no me quedaré.
Para alcanzar a Teresita que ahí viene garbosa se estira el reloj que se va tras el tiempo con su tic..tac mediazuelero. Teresa se va por otros rieles a la costa a estudiar, luego vendrá y no conocerá a nadie. Aquí seguiremos igual. El maestro, ni noticias. Una cinta negra en el quicio de su puerta y el silencio por todos los sitios, metido hasta en los huecos de la pared.
Yo me estiro, el maestro también y no alcanzamos. Ya son las doce del día.
Teresa con sus senos invictos viene ahuecando el viento a esta hora, por este lugar, por estas doce de sol mayor. El maestro ya no se estira más. Yo mismo soy.